En la mayoría de regiones del planeta, beber agua con elevadas concentraciones de arsénico representaría una condena mortal progresiva. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que entre 94 y 220 millones de personas globalmente están expuestas a niveles peligrosos de este elemento químico en sus fuentes hídricas, vinculado a cánceres de piel, vejiga y pulmón, así como a enfermedades cardiovasculares. Sin embargo, en San Antonio de los Cobres, un pueblo de 5.500 habitantes situado a 3.775 metros sobre el nivel del mar en la provincia argentina de Salta, la población ha consumido durante generaciones agua con arsénico en concentraciones hasta 20 veces superiores al límite recomendado por la OMS (10 microgramos por litro), sin mostrar los efectos adversos esperados.
Un equipo multidisciplinario de científicos argentinos y suecos, liderado por la bióloga evolutiva Karina Leiva, ha centrado sus investigaciones en esta comunidad desde 2022. Su hipótesis principal sugiere que los residentes de San Antonio de los Cobres podrían haber desarrollado, a lo largo de siglos de exposición, una adaptación genética única que les permite metabolizar y excretar el arsénico de manera más eficiente, reduciendo así su acumulación tóxica en los tejidos. 'Es como si la evolución hubiera escrito su propio manual de supervivencia en su ADN', explicó Leiva en una entrevista telefónica.
La metodología del estudio incluye el análisis genómico completo de 150 voluntarios adultos cuyas familias han residido en la zona por al menos tres generaciones, junto con muestras de orina, cabello y uñas para medir biomarcadores de exposición y excreción. Los resultados preliminares, presentados en el Congreso Internacional de Toxicología Ambiental en Estocolmo, indican variantes genéticas en enzimas involucradas en la metilación (un proceso de detoxificación) que difieren significativamente de las encontradas en poblaciones de bajas altitudes. 'Estamos ante lo que podría ser un caso excepcional de microevolución humana en respuesta a un factor ambiental extremo', añadió el genetista sueco Erik Nilsson, coautor del trabajo.
El arsénico llega al agua de la región de forma natural, liberado desde las rocas volcánicas de la Cordillera de los Andes por la actividad geotérmica. Los investigadores subrayan que sus hallazgos no implican que el agua contaminada sea segura para el consumo general. Por el contrario, buscan descifrar los mecanismos biológicos de resistencia para, a largo plazo, desarrollar estrategias de prevención o tratamientos para poblaciones afectadas en otras partes del mundo, como Bangladesh, India o Chile. El proyecto, financiado por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina y la Universidad de Uppsala, continuará hasta 2026.
Contexto histórico: La problemática de la contaminación natural por arsénico en el agua, conocida como hidroarsenicismo crónico regional endémico (HACRE), tiene una larga data en varias regiones de Argentina, especialmente en la zona andina y la llanura chaco-pampeana. Su identificación científica comenzó a principios del siglo XX, pero fue en la década de 1940 cuando se reconoció oficialmente como una enfermedad endémica. La búsqueda de soluciones ha incluido desde la construcción de acueductos hasta el desarrollo de filtros especiales. El caso de San Antonio de los Cobres, un asentamiento que creció significativamente a partir del tendido del Ferrocarril General Belgrano a fines del siglo XIX, representa un capítulo singular en esta historia, donde la adversidad ambiental podría haber moldeado la biología humana a lo largo de más de un siglo de exposición continua.
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