En la mayoría de regiones del planeta, beber agua con elevadas concentraciones de arsénico representaría una condena mortal progresiva. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que este elemento químico, presente de forma natural en acuíferos de diversas zonas, provoca graves daños a la salud tras una exposición prolongada, incluyendo lesiones cutáneas, cáncer y complicaciones cardiovasculares.
Sin embargo, en San Antonio de los Cobres, un pueblo situado a 3.775 metros sobre el nivel del mar en la provincia argentina de Salta, los habitantes han consumido durante generaciones agua con un contenido de arsénico que supera en veinte veces el límite considerado seguro por la OMS. La paradoja es que no presentan los efectos adversos que la ciencia esperaría.
Un equipo interdisciplinario de investigadores de la Universidad de Buenos Aires y del CONICET llevó a cabo un estudio genómico con 124 residentes de esta localidad andina. Los resultados, publicados en la revista 'Molecular Biology and Evolution', revelaron una adaptación biológica única: mutaciones en el gen AS3MT, que participa en el metabolismo y la detoxificación del arsénico. Estas variantes genéticas, que se han transmitido por más de 7.000 años según los análisis, permiten a sus portadores procesar y eliminar el tóxico de su organismo con una eficacia extraordinaria.
'Es un caso excepcional de evolución humana en tiempo real', explicó la Dra. María Laura Álvarez, genetista y autora principal del estudio. 'La presión ambiental ha seleccionado y fijado estas variantes protectoras en la población, ofreciendo una ventaja de supervivencia clara'.
El hallazgo no solo aporta luz sobre la resiliencia biológica humana, sino que abre nuevas vías para la investigación médica. Comprender estos mecanismos de detoxificación podría inspirar futuros tratamientos para poblaciones expuestas al arsénico en otras partes del mundo, como Bangladesh o zonas de Chile, donde la contaminación del agua es un problema de salud pública grave.
Contexto histórico: La región de los Andes Centrales, que incluye el noroeste argentino, el norte de Chile y el altiplano boliviano, ha estado habitada de forma continua por pueblos indígenas desde hace al menos 11.000 años. Civilizaciones precolombinas como los Incas, que dominaron el área en los siglos XV y XVI, ya desarrollaron avanzados sistemas de gestión del agua y adaptación a entornos extremos. La exposición prolongada a condiciones ambientales específicas, como la altitud y la composición mineral de los suelos, ha moldeado históricamente las adaptaciones biológicas y culturales de estas poblaciones, siendo el caso de San Antonio de los Cobres un ejemplo contemporáneo de este proceso evolutivo milenario.
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